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Los Andes que presenciaron mi novela: paisaje chileno y geografía mítica



Estas últimas semanas han sido frías y lluviosas en Chile. No debiera sorprendernos, porque es invierno por estas latitudes. Pero como los últimos años han sido secos, la lluvia tuvo el efecto de devolverme a mis años de infancia y primera juventud. 

En concreto, porque la alternancia de lluvia y sol revela una presencia constante: la de la cordillera de los Andes. Esa inmensa mole de piedra y tierra que se eleva como una muralla y nos separa a los chilenos del resto del mundo. Esas montañas que rayan los 6000 metros (bueno, en Santiago solo los 5424, pero ese número es menos poético), en una ciudad que se encarama entre los 500 y los 1000: la diferencia es abrupta y cuando uno se permite un momento para contemplarla —quizás desde otra altura que permita mirarlas de frente, para que las cumbres no se oculten tras su propia altura— es anonadadora en el buen sentido de la palabra. 

Este no es el Plomo ni la ventana del departamento de mis padres. Pero es el volcán Planchón, visto desde un refugio abandonado: la foto la saqué hace años y me parece que evoca la misma sensación que la del comedor paterno.
Y es precisamente en días como el de hoy, en el que el sol brilla luego de varias lluvias, que la cordillera se hace más presente. Siempre estuvo ahí, pero ahora el aire es claro, y ella está vestida entera de blanco, la nieve reluciendo al sol. Por eso los montañistas la llaman la Dama Blanca. O al menos así la llama mi padre, el mismo que en nuestro departamento en Santiago puso la cabecera de la mesa en la que se sienta orientada hacia una ventana en la que puede mirar el cerro El Plomo (aquella altura de 5424 metros) con sus dos glaciares colgantes. 




Ya van tres párrafos y tendrás ganas de preguntarte qué tiene que ver todo esto con Crónicas de una espada. Contemplar las montañas nevadas, como decía al inicio, me lleva de vuelta a esa infancia y primera juventud, marcada por esa misma presencia. Y también por una distancia, pues no fue hasta bastante después que comencé a recorrer senderos de montaña. Verás, mi padre es militar, y su arma es la infantería de montaña —los llamados boinas verdes, o si prefieres el término más internacional, los cazadores alpinos— pero antes de que naciera yo, un tumor extirpado de su oído no solo le dejó sordo, sino que también le privó del equilibrio necesario para seguir aventurándose por los senderos peligrosos de la Dama Blanca. El resultado es que crecí con historias de montañas, sin la experiencia real de la montaña. 

Benjamín, me dirás, ve al punto. Es que ya comencé a hacerlo: Crónicas de una espada es un libro de mi juventud. De toda mi juventud, de hecho. Comencé a los 14 o 15 años, terminé a los 22, publiqué pasados los 30. Mirar la Cordillera de los Andes me lleva al momento mismo de la redacción de los cinco Cantos. Lo interesante es que, como tantas otras cosas, yo mismo no me di cuenta de la importancia de la cordillera en mi obra hasta mucho después. 

Recuerdo que cuando salió el Lobo de Plata alguien me comentó que a la novela le faltaba habitar los lugares; en concreto, la ciudad costera de Siar, en la que transcurre la acción. Fue un comentario que agradecí y que he tratado luego de incorporar en obras posteriores, deslizando detalles de vida cotidiana o nombres propios para las cosas cotidianas, de manera que se pueda empatizar con el lugar y con los afectos que los personajes puedan tener con el lugar. O sea, de habitarlo. Es la razón de ser de la rambla por la que suben y bajan en sus paseos a la playa los enamorados en Orencio y Eloísa, o  de los añosos castaños que guardan la casa paterna de Edward de Uterra en El Caballero Verde. Pero recuerdo también mi respuesta a ese buen comentario: no todas las novelas tratan de habitar una tierra. De hecho, El Lobo de Plata no pretende que se “habite” Siar, porque no es una historia sobre Siar. Para mí, lo importante era que las historias que ahí se relatan estuviesen habitadas. Es decir, las leyendas, las profecías, las canciones que atraviesan las páginas de esa primera entrega de Crónicas de una espada. Me explico: más que por la tierra misma, los personajes se sienten especialmente inclinados a identificarse con esos relatos, incluso a luchar y morir por esas historias, que están muy lejos de lo cotidiano y que les llevan a comenzar su propia aventura. Eso fue, más o menos, lo que respondí en esa ocasión: sí, es cierto que no sabemos mucho de lo cotidiano en Siar —cosa que fue luego enmendada por Orencio y Eloísa— pero ahí están la antigua profecía de las espadas, el cantar de Áton, la leyenda de sir Horland y la tradicional canción marinera para hablarnos del imaginario de deseos que habitan los personajes y en el que quisiera que el lector se introduzca.

Esa conversación me hizo además entender una cosa: ese era precisamente el modo en que yo habitaba mi propio mundo. A causa del trabajo de mi padre, nunca tuve realmente una tierra, una patria chica, en la que echar raíces. Mis raíces están, en cambio, en las historias compartidas. Esto podría dar para otro artículo de blog, pero volvamos en cambio a nuestras montañas.

Porque lo que yo no estaba en ese entonces tomando en cuenta es la enorme sugestión inconsciente que los Andes ejercieron en mi historia. No creo que se pueda hablar de un “protagonismo” de las montañas, como ocurre en algunas novelas con los paisajes, que terminan por ser un personaje más. Y sin embargo, las montañas en Crónicas de una espada están siempre ahí. Aunque no parezca que tengan un peso específico. Un poco como la cordillera en Chile.

Todo chileno crece con esa presencia permanente. Aprendemos a orientarnos con ella. Aparece en todo paisaje que queramos dibujar. Da forma, dicen algunos, a nuestro carácter. Alguna vez alguien me caracterizó la chilenidad como un pueblo de campesinos que vive de espalda al mar, de cara a la cordillera. Puede ser. El absoluto en esto es engañoso. Y sin embargo, la cordillera siempre está ahí para nosotros. 

En mi caso, esa presencia se asociaba primero con historias. Historias de arrieros, de campañas, de todo: era más la imaginación que mis pies lo que me llevaba hasta allá. Además, delante de esas moles la historia humana siempre me pareció un poco insignificante: uno se agita, cambia cosas, construye y destruye, se cambian los paisajes, los cursos de los ríos, los bosques y lo que uno quiera… y los Andes están ahí, para mirarlo todo desde la altura, desde hace miles de años, inamovibles. ¡Si las montañas hablaran! De chico me parecía que eran grandes gigantes durmiendo. O bestias increíbles hechas piedra, como si un gargantuesco T-rex se hubiera echado a dormir una siesta milenaria.

Cuando uno escribe, lo hace desde la experiencia acumulada, incluso cuando es una experiencia solo imaginada, como es el caso de las historias recibidas. Esa cordillera constante y distante entró derecho en Crónicas sin proponérmelo. Quien haya leído el Lobo de Plata recordará la leyenda de la formación de la Cordillera Dentada, que separa Siar del resto del Imperio: se trata del cuerpo muerto de la enorme serpiente derrotada por el Titán Garbatros. 

Aquí me tienen, sobre la morrena de un glaciar.
Cuando empecé a escribir, empecé también a aventurarme en la cordillera. Al principio solo alguna caminata por el cañón del Cajón del Maipo o similares. No lo suficiente para decir que estaba haciendo andinismo, pero sí para sentir al menos el aire de montaña y su belleza escondida. A eso se unía otra historia: a los 13 y 14 años, justo antes de empezar a escribir, viví en Italia y visité el Val d’Aosta, con sus castillos colgantes, que me impresionaron profundamente. La experiencia montañera era también un puente con los relatos que yo había descubierto en Europa y que continuarían a alimentar mi imaginación.


Así que los Andes tuvieron un rol activo, al menos en mi posicionamiento geográfico. Cuando lancé el primer libro, un amigo y compañero de colegio me comentó que le había impresionado mucho la descripción de los bosques. Creo que eso viene de una cierta afinidad: de niño jugué mucho en el bosque. Las montañas, en cambio, implican para mí un paso, o un refugio. Es el caso de la Cordillera Dentada, en la que los protagonistas soportan la prueba del Paso del Solitario y donde se esconde la cueva de Arghock; es el caso de las Montañas del Norte, en la que está enclavada la inaccesible Gáradras “Corona de las Montañas”; es el caso de la larga travesía por los Macizos Centrales, y en las profundidades de Kradhlos, o de las Montañas Impenetrables que separan al mundo del valle en que se encontraría el árbol de los primeros druidas.

Esta enumeración ya va mostrando cómo las montañas están presentes en Crónicas. La historia no trata de ellas, pero más de una vez se cuenta desde ellas. De algún modo estructuran el espacio, y también la narrativa. La separación de Damián y Julián en la Cordillera Dentada marca el inicio de dos caminos paralelos de desarrollo personal, de dos amigos que hasta entonces habían ido de la mano por la misma ruta. Gáradras es el polo hacia el que tienden los Cantos I y II y su posición en las montañas es de todo menos anecdótico. En algún momento originario, en algún primer borrador, esa ciudad fue pensada como ciudad en la copa de los árboles. Estoy contento de haber desechado esa idea. El refugio en las montañas permite al mismo tiempo conservar el esplendor de la gloria pasada con toda la potencia narrativa y legendaria de un pueblo que se repliega para volver a salir: una vocación de permanencia, de resistencia a la desaparición, justo como las montañas mismas. 

Luego, los Macizos Centrales son en Crónicas los testigos de la antigua potencia druídica, si hacemos caso al mito: las Colinas Rocosas y los Macizos habrían sido levantados como muralla protectora de la capital, durante la Primera Guerra Druídica. Verdad o no, separan al Imperio en dos, y los protagonistas pasan un buen tiempo atravesándolas. A lo que se suma que encierran en ellas un momento primigenio, el de las forjas de las espadas, en Kradhlos, ciudad abandonada en el vientre de la tierra, más antigua que los dragones, y en la que habitan espíritus inefables. 

Las historias fundamentales ocurren entre las peñas de las montañas. Y cuando digo fundamentales, me refiero a los mitos constitutivos de mi obra: el sueño de los druidas, la forja de las espadas, la alianza de los fenóritos con los espíritus oscuros en Dágoras, la guarida de los dragones y la morada del caballero dragón. Si todo esto ocurrió de manera inconsciente, ahora empiezo a entender un poco más por qué: porque es así como las montañas han entrado en mi vida: desde la narración de historias que no eran las mías. Desde una presencia avasalladora, pero tan constante que uno acaba por no notarla, salvo en los días de sol después de la lluvia, en que la nieve encandila al ojo humano.


Con el tiempo, yo mismo comencé a recorrer caminos de montaña. Me encanta subir a la cordillera de los Andes. Cuando estuve fuera de Chile, los últimos años haciendo el doctorado, me hicieron falta. Y cuando pude darme una vuelta por los Alpes, tanto franceses como suizos, comprobé cuánto evocaban las historias de Crónicas de una espada, como si siempre hubieran estado ahí, esperando a ser descubiertas. Ahora que he vuelto a Chile he de confesar que he hecho menos montañismo del que hubiese querido, pero miro hacia la cordillera con ojos nuevos, más consciente de su enorme influencia en mi imaginario. 

Pienso que ha sido igual para los personajes de la novela. En El Lobo de Plata, Julián y Damián pasan cinco años recluidos en Siar, a causa del asedio. Han crecido escuchando las historias de sir William, que todo lo compara con el mar o la montaña, las dos grandes “presencias” que rodean la ciudad. Al centro del relato se encuentra el Cantar de Áton, que cuenta la historia del caballero que, muriendo en la montaña en lucha contra un gigante, dio nombre a la aguda cumbre que descuella por sobre la Cordillera Dentada. Como yo, los personajes crecen “oyendo” sobre los pasos montañosos y se hacen una idea un poco romántica de la Dama Blanca. Su madurez implica enfrentar la travesía y salir de su país a través de esas montañas. Descubrir que pueden ser tan bellas como terribles. Que esconden tesoros, pero que puede uno perderse en ellas. Que no hay camino plano, ni cuesta que se suba sin esfuerzo.

Y eso me parece que resume la novela misma: pues la vida es un paso de las historias de infancia a la adultez en que uno se aventura en su propia historia, hecha de esfuerzo, penas y alegrías. Si Crónicas de una espada es una novela de juventud porque la compuse desde mi adolescencia y porque trata, por decirlo brevemente, del llamado “arco del héroe”, el modo en que aparecen las montañas resume implícitamente esa misma progresión. Pero lo hacen de forma muda. Simplemente estando. Como los mismos Andes que presenciaron mi novela.

El mítico Paso del Solitario


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