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Edward o el Caballero Verde, Parte XXVII

 Despedidas El trinar de las aves despertó a Edward del sopor en el que estuvo por dos días corridos. Al abrir los ojos, vio un zorzal cantando sobre una ventana arqueada, y le costó unos segundos darse cuenta de que estaba en una cama. Una punzada en el costado le provocó una mueca cuando trató de incorporarse. Tenía el torso vendado. —¿Qué tal te sientes? —era Ulf, sentado a los pies del lecho. —Algo apaleado, pero me siento bien. ¿Dónde estoy? ¿Qué ha pasado? —Por poco te nos mueres, Edward. Suerte que Setari estaba allí: te trajo volando hasta acá, Calidia. Si hubiésemos tenido que traerte a pie, solo hubiese sido para enterrar tu cadáver.  —Calidia… el bosque. Ahora recuerdo —una sombra pasó fugaz por sus ojos, junto con imágenes confusas:— Clara… ¿Dónde está? ¿Ulf, vive o…? Su amigo le miró en silencio, un segundo, con gesto inescrutable. Finalmente, abrió sus labios y habló. —Sí. Vive. Pero debieras olvidarla ya, Edward. Casi te asesina. Si no fuera porque llegamos en el momento

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