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De cómo la magia perdió su misterio (y de cómo recuperarlo)

Magia, milagro y maravilla en Crónicas de una espada

Este post va de magia. Podría comenzar así y estoy seguro de que tendría tu atención inmediata, querido lector. En parte, porque asumo que te interesa la literatura fantasy (o lo maravilloso, como ha dicho alguna vez algún renombrado crítico), y que por lo tanto a la palabra “magia” reaccionas como invocado.

Sin embargo, he de prevenirte de que puede que no encuentres aquí eso que se suele ofrecer cuando se habla de magia y fantasía. Hay algo que no me termina de cuadrar en la fantasía de masas a la que nos hemos ido habituando, y que mientras más leo fuentes arcaicas (medievales, en mi caso), más me incomoda. Permíteme, eso sí, una captatio benevolentiae a la medieval: es un tema al que le he dado vueltas desde hace algún tiempo, de manera un poco desorganizada y más a golpe de corazonadas que de método. Tampoco pretendo ordenar demasiado mi discurso, como una manera de honrar, precisamente, el tema que nos convoca. Un poco de corriente de conciencia, de vez en cuando, no nos vendrá mal.

Tengo la impresión de que la idea de lo mágico en las historias que vemos y leemos hoy en día sufre de dos males. Por un lado, una especie de tecnificación. Por otro, la necesidad de espectacularidad. Vamos por partes.

La magia como técnica

Cuando hablo de tecnificación, quiero decir que a veces —y quizás sea influencia de los juegos de rol tipo Dungeons & Dragons, que confieso me encanta— el elemento maravilloso se siente simplemente como una técnica más. Arthur C. Clarke dejó escrito que cualquier tecnología suficientemente avanzada es indistinguible de la magia. En buena parte de la fantasía actual ocurre lo inverso: cualquier magia suficientemente analizada termina siendo indistinguible de una tecnología. Y así, lo que hace un hechicero no difiere, en el fondo, de lo que hace cualquier profesional que conoce su oficio. Harry Potter es, para mí, el non plus ultra de esta magia como tecnología: una escuela con su currículo, varitas que funcionan como instrumentos, conjuros que son, a todos los efectos, comandos.

Detrás de esto hay una pretensión oculta: que podemos conocerlo todo. La magia tecnificada, la de los sistemas complejos pero perfectamente coherentes y explicables, donde los conjuros funcionan con la misma precisión que un smartphone, no tiene nada de misterioso. El mundo es diáfano, nada resiste a la indagación y al control humano. Es la sublimación del cientificismo, de la exaltación decimonónica del progreso, aplicada a mundos más o menos exóticos de fantasía. El problema es que esta forma controlada de lo mágico, por muy enrevesado que sea su sistema en el worldbuilding que se nos proponga, le ha arrebatado lo que es esencial a la experiencia de lo mágico y de lo sobrenatural en general: el misterio, lo incognoscible.

Fuegos artificiales

Antes de seguir adelante, quiero taclear el otro problema enunciado, que es un poco más leve: la necesidad de espectacularidad. O, más simplemente, lo mágico como “efectos especiales” del relato. Sí, está bien, y lo entiendo: leer o ver que un personaje extiende el dedo y dispara un rayo de energía destructora es emocionante. Cool. No puedo negar que me gustan los efectos especiales en las películas. El problema viene cuando el compilado de bolas de fuego, rayos de energía, control elemental y lianas vivientes no es más que eso. Todo eso está muy bien para una campaña de D&D, en la que la diversión está justamente en crear personajes absurdamente poderosos (y no hay aquí ánimo de polémica: ya dije que me encanta). Pero en una historia que quiera ser literatura, como lo fueron y lo son los relatos de antaño, el foco no puede estar en el efecto especial. Debe estar en el problema del sentido.

Bajo el velo

Y aquí toco la médula de lo que quería decir. En los relatos en que lo sobrenatural y lo mágico funcionan, lo hacen porque tienen sentido narrativo. Nos están contando parte de la historia, de un modo que, aunque parezca contradictorio, la acerca a nuestra experiencia del mundo.

Porque la idea cientificista de que somos capaces de entender perfectamente todo lo que nos rodea, con sus causas y sus efectos, se hizo añicos hace tiempo. Cualquiera que se haya metido a estudiar seriamente algún campo del saber —natural, humano o divino— admite al poco tiempo que, aunque sepa mucho, es más lo que no sabe que lo que sabe. Quizás por eso los clérigos medievales se excusaban tanto de su ignorancia: sabían que no sabían. El mundo es para nosotros un misterio. Nosotros somos para nosotros mismos un misterio. No es para desesperarse: por supuesto que sabemos cosas, que entendemos cada vez un poco más, y a veces un conocimiento “se nos revela” por intuición o por inspiración. Pero vemos el mundo bajo un velo, y bajo ese velo hay una esperanza de revelación.

Cuando las historias tradicionales hablan de magia, lo hacen, me parece, desde este punto de vista: el de la actuación de algo que está más allá del velo. Algo que en ocasiones parece poder controlarse, pero que está lejos de comprenderse. Haciendo visible esta sensación, estas historias nos recuerdan que el mundo tiene mucho de mistérico. Y es bello por eso.

Del mismo modo, la experiencia de lo que es más espiritual es frecuentemente discreta. Recuerdo haberme sentido verdaderamente transportado a otro mundo escuchando a una cuentacuentos profesional. Sinceramente traspasado por el canto de un coro. Experiencias que rozan a veces lo “mágico”, porque no parecen poder explicarse. Mi madre estudió guitarra clásica en la universidad y, aunque no hizo luego carrera, era una guitarrista realmente buena, con un oído y una voz muy finos. Recuerdo que una vez volvió de oír un concierto y comentó que la intérprete había tocado correctamente toda la partitura, ejecutando la pieza con una técnica perfecta. Pero que, al mismo tiempo, le había faltado “alma”. Algo que no está simplemente en pulsar la cuerda adecuada.

La magia que se siente más “realista”, más convincente, no es la del sistema perfectamente ordenado ni la de los fuegos artificiales. Es la que conecta con esas experiencias un poco atávicas: el poder de la palabra, por ejemplo, que invoca, que cambia la realidad. Piensa en Gandalf. No es exactamente el mago que uno esperaría de una novela moderna: aunque alguna vez haga arder unas piñas o estallar unos fuegos artificiales, lo que tiene poder y autoridad es su voz, su gesto. Peter Jackson lo tradujo muy bien a lenguaje cinematográfico en la escena en que restablece la salud del rey Théoden: hay espectáculo, claro, pero estamos a años luz de los duelos de luces y rayos de Hogwarts, y lo que domina la escena son el gesto y la voz.

Cuando el bosque estaba encantado

Es parecido en las leyendas medievales. De hecho, gran parte de la literatura medieval no tiene elementos mágicos. Algunos de los textos más antiguos en romance, como los cantares de gesta, ni la mencionan, aunque no les falten ángeles ni milagros. El tema renace con la literatura artúrica, que bebe de una raíz celta en que lo feérico vuelve a entrar en el mundo. Y lo feérico, lo que viene del Otro Mundo, es esencialmente misterioso. Nadie se pregunta cómo funciona el anillo que la Dama del Lago regala a Lancelot y que le permite deshacer cualquier encantamiento. Merlín puede cambiar de forma y conoce todo tipo de artes mágicas, pero no va por ahí lanzando bolas de fuego ni explicando sus poderes como si se limitaran a una fórmula expresable en un pizarrón. No. Es magia. Es misterio. Quizás ni Merlín sabe cómo funciona.

Hay, sin embargo, un atisbo de explicación. Cuando en el siglo XII comienzan a hacerse populares los “cuentos bretones” (la base de la materia artúrica), a los medievales les sorprendía probablemente tanto como a nosotros la presencia de elementos mágicos inexplicables, así como de seres que parecen venidos de un Más Allá que es, sin embargo, bien físico, como la isla de Ávalon. No es que las gentes de entonces estuvieran desacostumbradas a lo sobrenatural: vivían insertas en ello, entre relatos hagiográficos llenos de milagros e intervenciones del Cielo y del infierno. Pero lo que aparecía en los cuentos de los bretones no era nada de eso: se trataba de un universo más “natural”. Terrenal pero misterioso.

Y es que magia y sobrenatural no son lo mismo. Los medievales distinguían con bastante finura entre lo maravilloso (lo natural que no alcanzamos a entender), lo milagroso (lo que viene de Dios) y lo mágico (lo que el hombre pretende forzar, casi siempre con ayuda poco recomendable). La intervención divina, o la de espíritus angélicos o infernales, es bien diferente del mundo de lo feérico. El cristianismo, con la venida de Dios en medio del mundo, había exorcizado ese mismo mundo de los poderes que acechaban en él. Así, el cristiano deja de divinizar las fuerzas naturales y comienza su intento de comprenderlas.

Pues bien, la reaparición de bosques mágicos, damas feéricas y enanos misteriosos sorprendía al público del siglo XII. Más aún cuando no era claro si estas criaturas eran buenas o malas… las más de las veces parecían simplemente bellas y peligrosas, como la naturaleza misma. Dos siglos más tarde, Chaucer pone en boca de su comadre de Bath una explicación deliciosa: en tiempos del rey Arturo, dice, toda esta tierra estaba llena de hadas, pero ya no se ven, porque las oraciones y bendiciones de los frailes, que recorren cada campo y cada arroyo, las han ahuyentado. Aunque la comadre la utilice de inmediato para ironizar sobre los monjes de su tiempo, la imagen es preciosa: es la de una época en que el canto y las bendiciones de monjes y ermitaños no apaciguaban aún el paisaje.

Esta explicación llena de sentido la presencia de elementos mágicos sin quitarles su naturaleza misteriosa, al mismo tiempo que otorga todo otro sentido a la presencia constante de monasterios y ermitaños escondidos en lo más profundo de la espesura en los cuentos artúricos. En estos relatos, la magia y lo sobrenatural se conjugan de un modo que es al mismo tiempo discreto y sobrecogedor. Son elementos que dan peso a la narración sin abrumarla, y sin quitarle el protagonismo al héroe corriente, al caballero o a la doncella que podría ser cualquiera de nosotros. Y así, el misterio del mundo natural y el misterio del mundo de la gracia y del pecado encuentran, cada uno, su lugar. Por mucho que se hable de castillos encantados, de lanzas que sangran y de griales maravillosos, en el fondo estos relatos están hablando de nosotros, de nuestro propio mundo.

Lo mismo debería ocurrir, a mi juicio, con la fantasía moderna. Es lo que hace Tolkien, conscientemente, cuando declara que la Tierra Media es nuestra tierra, solo que hace muchos siglos, de los que ya no tenemos memoria. Lo mágico y lo sobrenatural sirven así no como escapismo, sino para abrirnos los ojos a nuestro propio mundo, no menos lleno de misterio y de maravilla. Es dar un lugar al misterio en nuestras vidas, a veces demasiado bien controladas (lo cual, en el fondo, no es más que otra ilusión).

¿Hay magia en Crónicas de una espada?

El título de este post prometía decir algo sobre Crónicas de una espada, mi saga de novelas de fantasía medieval, y sin embargo me alargué en los prolegómenos. Pero creo que lo escrito sirve para esbozar en pocas palabras el caso de estas novelas. Si alguien me preguntara si en Crónicas de una espada hay magia, respondería probablemente como un medieval: haberla, hayla, pero más vale no meterse con ella. La magia es la pretensión de controlar al propio antojo los poderes espirituales que rigen el universo, sean los divinos, sean los “naturales”, en el sentido de los espíritus de ríos y de bosques en los que creían griegos y romanos. Y quien lo intenta suele terminar tratando con quien no debe.

He querido crear un universo medieval, y más románico que céltico —a pesar de la presencia de los druidas en la historia: esto obedece a otras razones—. Lo que sí existe, y abiertamente, es lo sobrenatural: el mundo de la gracia es operativo en Crónicas. A veces he dicho que la única diferencia con nuestro propio mundo es que allí, en ocasiones, esa presencia es perceptible. Los druidas de Crónicas no son sacerdotes paganos, sino hombres consagrados al Creador, y cuando uno de ellos bendice, quien recibe la imposición de sus manos siente la renovación de sus fuerzas. Eso es lo milagroso. Pero espíritus fuertes pueden también afectar el curso de las cosas materiales, y por ahí se abre subrepticiamente la puerta a la magia. Porque si los druidas fieles obtienen su autoridad de su especial conexión con el Creador, los fenóritos, en cambio… nadie se atreve a nombrar la verdadera fuente de sus poderes. Y queda, por último, lo maravilloso: una naturaleza viva, que se manifiesta en la presencia de algunas bestias singulares que poco caso hacen al hombre. El dragón Arghock o la sierpe Artantos son grandes ejemplos.

¿Entonces? ¿Hay magia? Pues sí y no. A un druida fiel le va a costar admitirlo. Pero hay un área de lo incognoscible que no coincide con los misterios druídicos ligados a lo divino. En uno y otro caso, si la plegaria del druida será escuchada o si una fuerza natural se implicará —desde el Más Allá de los espíritus mundanos— en los afanes de los hombres, queda y quedará siempre en la incertidumbre. En esto, el alma sobrenatural de Crónicas se parece a la del medioevo y, a mi juicio, permite que después de leer los libros miremos nuestro propio mundo con otros ojos… porque, en el fondo, la vida en la tierra del siglo XXI no es tan distinta de la de los héroes de las Tierras Occidentales.

Si quieres comprobarlo por ti mismo, encontrarás Crónicas de una espada en la página de Vuelo Ártico.


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