Edward o el Caballero Verde, Parte XIV

Ulderico

La llegada de Ulderico


Era noche cerrada y la luz de la fogata pintaba de rojos y ocres los troncos de los árboles añosos y sus intrincados follajes. La oscuridad era desgarrada por las llamas saltarinas en ese único punto del vasto bosque, y quienes se agrupaban en torno al fuego pensaban con razón ser los únicos en la espesura. Hasta que el inconfundible sonido de una flauta los puso en alerta. 

Los bandoleros se pusieron de pie, y alguna cuchilla refractó desnuda los destellos de la hoguera. En sus ojos se reflejaba el asombro, la extrañeza y el recelo que despertaba esa música, poco a poco más cercana, confiada e ingenua. Un gesto del líder y Clara asintió, internándose unos pasos entre los árboles. Sigilosa como una sombra, la joven desapareció y unos momentos después cesó la melodía. En su lugar, se oyeron ahora unos pasos y una voz que se quejaba.

—No me hagáis daño, os lo suplico, mi dama. No he venido a causar problemas…

El hombre fue arrojado dentro del círculo de luz, a los pies del líder de la banda. Clara se limitó a sostener la mirada del jefe, con un gesto indiferente con el que daba cuenta de la misión cumplida. 

—Muy bien, Clara. Silenciosa y efectiva, como siempre. Algo que quizá tú tendrías que haber procurado también, flautista. ¿Quién eres y qué haces aquí? ¿Cómo nos has encontrado?

—Oh, señor mío —dijo el atrapado, incorporándose— no toméis a mal mi presencia aquí. Iba yo de camino y, sorprendido por la noche, me perdí en la floresta. Divisé entonces vuestro alegre fuego y pensé que podría alegrarles también la velada. Veréis: soy un músico ambulante, y un excelente contador de historias…

El líder cortó violentamente el discurso, alzándole con ambas manos por el cuello de su camisa.

—¿Crees que soy un idiota? —le gritó, con la cara tan cerca de la del artista que bien podría haberle mordido— ¿A qué has venido?

El hombre, retorciéndose, apenas si pudo balbucear una respuesta, ininteligible para los que le rodeaban.

—¿A sí? —continuó el jefe— Tendrás que demostrarlo. —Y arrojándolo al suelo, ordenó: —Llévenlo a mi tienda, veremos que tal canta este fisgón.

Prorrumpiendo en risotadas, tomaron al maltratado flautista y lo llevaron por delante a la tienda del líder, no sin golpearle primero con su propia flauta. Con aire de suficiencia, el cabecilla les siguió. Sin embargo, en la tienda entró solo, y la partida volvió jovialmente a retozar en torno al fuego.

Clara, en cambio, no se quedó tranquila. Algo estaba mal ahí, no encajaba. ¿Qué era eso de llevar al prisionero a su tienda, a solas? ¿Por qué no lo había entregado a la chusma o ejecutado, como solía ser la costumbre de ese bruto? ¿Y qué clase de imbécil se anuncia tocando la flauta, por la noche, en unos bosques conocidamente llenos de rufianes?

—Aquí hay gato encerrado —murmuró.

—¿Por qué lo dices?

Clara se sobresaltó, no esperaba haber sido oída. Al volverse hacia el que preguntó, suspiró aliviada al ver a un hombre de mediana estatura, de tez bronceada y de contextura fuerte, mandíbula ancha y nariz chata, que usaba el cabello rapado salvo por una larga trenza negra que partía de su nuca. Solo era Dardán.

—No lo entenderías, Dardán. Además, es solo una corazonada —le contestó, mientras se levantaba y le dejaba el sitio junto al fuego— disfruta la velada. Yo creo que me retiraré a dormir.

Pero no se fue a acostar. En su lugar, dio un furtivo rodeo alrededor de la tienda del jefe. Debía pasar con cuidado y sin detenerse, no podía arriesgarse a ser descubierta. Aguzó pues, el oído, para captar lo que estuviese sucediendo:

—¿Qué fue esa estupidez de llegar con música, Ulderico? Pones todo el asunto en riesgo.

—Oh, vamos, ¡pensé que sería de tu agrado! Un poco de distensión no les vendría mal. Además, bien que gustaron mis canciones en Namisia.

—Ah, maldito juglar, es imposible contigo. ¿Y qué diré ahora yo?

—Pues nada, que me quedo unos días con ustedes, que soy solo un trotamundos. Necesito reponerme un poco, ¿sabes? No pretenderás que siga mi camino de inmediato. En Namisia no me esperan hasta dentro de unas semanas…

—Escupe de una vez: ¿cuáles son las órdenes?

No pudo quedarse más tiempo, alguien se aproximaba a la tienda, y no debían descubrirla ahí. Pero ya sabía lo suficiente.


Ulderico se quedó, efectivamente, unos días entre la tropa de los bosques. Resultó ser o aparentar ser un virtuoso artista, que con su flauta traversa alegró las sosas jornadas del campamento, mientras todos esperaban la siguiente movida del líder. Clara sabía que fuera la que fuera, estaba decidida desde el momento mismo en que el juglar había llegado, y que el jefe solo hacía tiempo para no levantar sospechas. Y también estaba segura de que Ulderico tenía acceso a la casa del regente, en Namisia.

Esperó, pues, el momento propicio para abordarlo. Y la tarde misma en que el juglar se marchaba, logró acorralarlo a solas. 

—Una sola palabra —le había dicho, mientras Ulderico sentía en su cuello el frío contacto de una daga— y no tendrás garganta con la que volver a soplar. Ven conmigo.

Se internaron unos pasos en el bosque, mientras el ajetreo crecía en el campamento: por la mañana habían sido enviados algunos exploradores para tantear terreno, signo inequívoco de que pronto realizarían un nuevo trabajo, y todos se preparaban, aunque al líder no le gustaba revelar el objetivo sino hasta que ya estaban sobre él.

—¿Qué quieres de mí, preciosa? —le dijo el juglar, tratando de mostrarse confiado y seguro, aunque la transpiración le delataba —¿una canción para ti…?

—Dime —le interrumpió con brusquedad— ¿Has estado en Namisia? ¿En la casa del regente?

Las pupilas de Ulderico se encogieron por la sorpresa, y tardó un segundo en contestar, un segundo en que volvió a sentir la presión del metal bajo su barbilla.

—Sí, sí… he estado allí. Más de una vez he tocado para el regente ¿por qué…?

—Bien. Volverás allá, entonces.

—No es lo que crees –se defendió Ulderico, suponiendo que Clara le tenía por un soplón de la autoridad— no actúo contra Alcico, si es lo que piensas, puedo explicarlo…

—No me interesa para quien trabajas. Volverás a Namisia ahora, e iré yo contigo. Haremos una visita a Quinto.

El artista quiso replicar que primero debía hacer otras visitas a los hombres de los bosques, y que podrían sospechar de él si volvía demasiado pronto a la casa del regente, pero la mirada de hierro de la chica le disuadió. Ella ya había dado por terminada la conversación, y no le quedó otra opción que tragar saliva y aceptar los hechos.


Un año y más había pasado desde que se internó con sus hombres en los bosques por primera vez. La empresa que había iniciado con entusiasmo se alargaba: aunque era cierto que tuvo unos primeros triunfos brillantes y que pareció que acorralaba ya a los bandoleros, desconcertados estos al encontrarse con alguno que se opusiera a su pillaje en medio mismo de la selva, su cometido estaba todavía lejos de cumplirse. En la época de esos primeros logros, su nombre comenzó a sonar por toda la región, y recordaba con cuánto orgullo había oído lo que se decía de él ¡si su padre le viera! Qué contento estaría de saber que su hijo hacía honor a la historia de su familia, a la sangre de sir Alfred, su ilustre ancestro.

Pero ya no más. Edward empezaba a sentir el estancamiento de su misión, y el cansancio pesaba ahora sobre su ánimo. Ninguno de sus esfuerzos había conducido a terminar con el problema. Después del desconcierto inicial, los forajidos se hicieron a la nueva situación y aprendieron a evitarle. Las redes de Casiano no conseguían anticipar los ataques, y sus hombres se estaban cansando de llegar siempre demasiado tarde. A decir verdad, vivir a la intemperie no era cómodo, y ya había tenido que aguantar las primeras deserciones.

Ulf sabía que lo que fastidiaba a Edward era la inactividad, o el tener que limitarse a la simple reacción: el joven caballero soportaba mal el no tener las riendas de las cosas en sus manos, el sentirse manipulado por los hechos. Pero, más en el fondo aún, su amigo sabía que lo que deprimía al muchacho era ese sentimiento de no estar a la altura. 

—Si no puedo vencer a un rufián del bosque —le dijo un día— ¿cómo lograré ser digno de mi estirpe? ¿Qué haré cuando por fin se me presente la misión con la que gane mi nombre, mi escudo? ¿O es que tendré que ser recordado como el caballero que fracasó en los bosques, correteando a una partida de malhechores que jugaron a las escondidas con él?

—Estás siendo muy duro contigo mismo, Edward. Apenas tienes diecisiete, y ya estás al mando de hombres mayores que tú, y eso sin tener en cuenta que, si no fuese porque el marqués te armó caballero tan pronto, aún seguirías bajo la autoridad de lord George, cuidando de su finca. Como yo lo veo, ya has logrado bastante. 

—Pero no suficiente. Son muchos los que en estos días se hacen hombres antes de tiempo, el mío no es un caso especial. ¿O no están con nosotros varios jóvenes que se han tenido que hacer cargo de sus familias? En la frontera de Nedrask, o en estas selvas, la vida es dura y golpea. Lo que es un caso de excepción en las provincias interiores que viven a la sombra de la capital, aquí es lo habitual. No seré recordado por esto. Ni Uterra encontrará un sitio en el mapa porque uno de sus hijos fue caballero joven.

—Oh, ahora te preocupa Uterra —replicó Ulf— pero cuando estuviste en la cumbre de tu fama, con todos alabándote, bien ligeramente pusiste en riesgo a Diamante…

—¿Vas a seguir con eso? Ha pasado más de un año, ya supéralo.

—Diamante es Uterra, Edward. Es un recuerdo de tu sangre, de tu estirpe, de tu misión. Y tanto para ti como… como para mí ¿y me voy a olvidar de que estuviste a punto de regalarlo? Si al menos te viera arrepentido… pero solo te acuerdas de tu hogar cuando la fortuna no te sonríe. ¿Qué? ¿Cuándo la rueda del destino te vuelva a ensalzar, volverás a olvidarte de los tuyos? He de asegurarme de que no suceda de nuevo…

—¡Ya estás hablando así otra vez! No estás cantando una canción, Ulf, la realidad es más prosaica de lo que crees, ahórrate conmigo los discursos rimbombantes.

—¡Ja! El soñador hablando de realismo.

—Mi señor —interrumpió una voz: era uno de sus hombres, que llegaba agitado— ha habido un nuevo ataque. 

—¿Y qué ha sido esta vez? ¿Otra faena maderera? ¿Una caravana tal vez? —contestó sir Edward, aún exasperado: últimamente había tenido solo objetivos mínimos.

—No, señor. Quisiera el Creador que fuese solo eso. Esta vez han ido en serio: asolaron Odesia. La aldea no será muy grande, pero la han saqueado completa, y hace solo unos días que los lugareños habían pedido nuestra protección: los hombres que enviasteis acababan de llegar, y fueron asesinados.

El silencio que siguió fue interrumpido por la voz teñida de sarcasmo de Ulf: 

—Parece que ahí tenéis vuestra gesta, caballero: pues vuestro enemigo acaba de cruzar una línea, y ya no se comportará como simple bandolero.


Clara estaba impresionada de la agilidad que ahora mostraba Ulderico. El hombre conocía senderos en el bosque que eran apenas algo más que una huella, y que le servían para moverse casi como un espectro entre los árboles. Parecía bastante apurado, deseoso de alejarse del campamento lo antes posible. Al principio, creía que se debía a ella: en efecto, si los demás notaban su partida los tratarían como a desertores y sus días estarían contados. Pero hace rato ya que estaban a una distancia que hacía infundados esos temores, y el aedo no disminuía su tranco.

—¿Por qué las prisas? —preguntó, finalmente.

—¡Oh! Con que por fin estás con ánimo de charla, preciosa —le respondió el otro, con un dejo de ironía— ya creía yo que no sabías más que monosílabos y órdenes.

—Cuida esa lengua o…

—¿O qué? ¿Me la cortarás? Necesitas de esta lengua para entrar en la casa de Quinto. A propósito, no me has dicho para qué. ¿Algún asunto pendiente con el regente? ¿O piensas que puedes delatar la posición de los hombres de Alcico para que por fin el señor de Namisia tome cartas en el asunto? ¿De qué lado estás, corazón?

—No es asunto tuyo. Ahora responde a mi pregunta.

—¡Ja! Veo que la coherencia no es tu fuerte. En estas cosas del diálogo se usa una cierta reciprocidad, ¿sabes? Tú me cuentas algo, y yo te cuento lo mío.

Los ojos de Clara volvieron a fulminarlo, haciendo que se arrepintiera de sus frases.

—Bien, bien. Tú ganas, De todos modos, tenemos mucho camino por delante y acabarás por escupirme tu historia. La prisa se debe a que se cocina algo grande en estos bosques ¿sabes? Y quiero estar lejos de aquí por si esto se inunda de soldados del corregidor antes de tiempo, y nos toman por cómplices de Alcico.

—¿Algo grande? ¿A qué te refieres?

—Oh, no sé si debiera decírtelo… de todos modos son solo rumores que oí en la tienda del jefe.

—Lo que sea que oíste, estoy segura de que no fueron solo rumores. Sé que no viniste al campamento solo a tocar la flauta. Tenías mensajes para el líder. ¿Instrucciones quizá? ¿Será que los “rumores” salieron de tu boca?

—Esa no me lo esperaba. Eres más avispada de lo que aparentas, linda. 

—Deja de llamarme…

—Shhh… no me interrumpas, a menos que quieras que me calle. Y estoy seguro de que no querrás que me calle, de hecho. Esto te diré: Alcico se ha cansado del colaboracionismo de algunas aldeas con Casiano. Y ha elegido una en particular para dar una lección a todas. Hace poco, Odesia pidió la ayuda de Urbia, y ya hay allí un pequeño destacamento de hombres del caballero de Uterra. Resulta que hay una persona en esa aldea que ha sido especialmente adepto de Casiano y del tal Edward, y pagará por todos. No solo tus viejos camaradas, sino que varios otros campamentos deben estar moviéndose hacia allá ahora, para reclamar la vida del tabernero del pueblo. 

Clara se detuvo en seco, consternada. Dio unos pasos atrás balbuceando algo que Ulderico no logró comprender y, luego de mirar en todas direcciones, como desorientada, echó a correr, dejando sorprendido al secuaz de Alcico. En la mente de la joven solo había espacio para dos nombres: Lope y Madalena, Madalena y Lope. Y para imaginar su propia vida reproducida en la de aquellos pobres niños: el hogar ardiendo, la familia perdida, el ataque de los criminales. No podía permitir que ocurriese de nuevo.


Continúa en "Odesia".


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