Edward o El Caballero Verde, Parte XXII

 Emboscada

Emboscada



El druida Odlán venía cargado de noticias. A pesar de que la noche era ya avanzada, un fuerte aguacero se había desencadenado afuera y eso, unido al efecto propio del licor que soltaba las lenguas, hizo que nadie tuviera muchas ganas de marcharse. Además, lo que el peregrino tenía que decir era de lo más importante, y comenzó por contar la nueva que dejó a todos helados: el gran guía, cabeza de todos los druidas, había fallecido en Dáladon el invierno anterior. Al oír aquello, hubo muestras de notable pesar entre los concurrentes, y el hidromiel se mezcló con las lágrimas de muchos pechos. Odlán, serio, apeló a la sabiduría soberana del Creador, que dispone los tiempos de todas las cosas, y lideró una oración, que al elevarse de tantas bocas como allí había, consoló el corazón del pueblo. 
Pero el druida era portador también de buenas nuevas: él había estado en Dáladon en ese momento, luego de asistir a la reunión de los druidas en la encina de Manuria, y había visto al sucesor del difunto, de nombre Augerias: hombre maduro y de corazón benévolo. La taberna explotó en preguntas: todos querían saber más sobre el nuevo gran guía, sobre cómo había sido la elección, si acaso Odlán había podido estar con él, querían saber además detalles sobre los funerales, imaginar las calles un día enlutadas, el otro engalanadas, de la capital, y ¿qué habían dicho y hecho los reyes? ¿Y el emperador? A todo, como pudo, fue dando respuesta el druida, pidiendo para ello otra jarra de hidromiel, agotada ya la primera.
Sí, había estado con Su Eminencia. Augerias le era conocido desde hace años y le pidió una audiencia para felicitarle por su elección. Y fue entonces cuando comenzó su aventura. Los ojos de todos estaban clavados en él en ese punto, previendo un relato interesante. Las velas brillaban ya con los últimos fulgores que la cera era capaz de infundirles, y el ambiente se hacia más oscuro y recogido. El gran guía había pedido a su viejo amigo que realizara un singular viaje: Odlán hubo de dirigir sus pasos hacia las estepas, dejando atrás los límites del Imperio, para recorrer primero los Campos Brunos, y descender luego hasta el Lago de Cristal y las Llanuras Salvajes. En su periplo, visitó los distintos clanes de los varnos, y también el reino de los alanos. Exclamaciones de sorpresa llenaron la taberna: luego de haber escuchado la Canción de Argos, oír los nombres de las naciones anatolias causaba en todos un particular efecto.
El gran guía quería que su elección fuese conocida por esos pueblos, que hace tiempo ya que tenían sus propios druidas y rendían culto a su manera al Creador. Consciente de que las relaciones entre el Imperio y los bárbaros han sido siempre complicadas, y que de hecho varias tribus varnas se empeñaban aún en intentos por cruzar el De Laid e invadir tierras imperiales, la misión de Odlán no era fácil para nada. Pero por la autoridad de Augerias y su antigua amistad, la aceptó.
Y para su sorpresa, fue bien recibido. Los clanes de los Campos Brunos, a pesar de su hostilidad y sus costumbres salvajes, respetaban a los druidas con una mezcla de temor y reverencia, y entre ellos había también algunos de su raza, que le acogieron fraternalmente. Pese a todo, los Campos Brunos son una tierra fragmentada, y muchos de aquellos nómades o seminómades no solo están en armas contra Dáladon, sino también entre sí: el acero no descansa en esas peligrosas praderas. Atravesarlas a salvo, rumbo al sur, fue en sí misma una singular aventura, que concluyó al llegar a las orillas del Lago de Cristal, en las Llanuras Salvajes. Allí, entre los alanos, tuvo también un buen recibimiento, y conoció a Theleas, el rey de Nifrán, la ciudad capital. Todo ello auguraba buenos tiempos para los pueblos de las Tierras Occidentales, que no habían conocido en siglos una unidad espiritual como aquella entre los hombres; no, al menos, desde el cisma de fenórito y la guerra druídica.
Nuevas como esas ameritaban celebrarse. Y nuevamente corrió el hidromiel, y volvió la alegría a la taberna, mientras se deleitaban preguntando y escuchando sobre las bárbaras costumbres del oriente. Así les sorprendió el alba, y su leve luz reveló también el fondo vacío de los barriles.

Olivier, su hermano, estaba estudiando en Dáladon, y ya era casi un druida. Esta noticia tenía completamente sobrecogido al caballero, que no conseguía dejar de pensar en ello mientras avanzaba al paso de Diamante por los bosques, junto a varios de sus fieles hombres, rumbo a una de las faenas que ese día iban a proteger.
Casi no le cabía en la cabeza, pues se resistía a creer que su pequeño hermano hubiese crecido tanto. Pero claro: ya no era el niño que él dejara atrás cuando partió a la marca, ni el jovenzuelo con el que se reencontró al volver armado caballero. Edward estaba a punto de cumplir sus dieciocho años, y Olivier tendría ahora, por lo tanto, cumplidos dieciséis: la edad que el propio caballero tenía cuando participaba y triunfaba en los torneos organizados por el duque de Vaneja.
Sin embargo, lo que más le impresionaba era que Odlán le había dicho que había sido decisión de los druidas más ancianos el que Olivier se presentara a terminar sus estudios en la capital, cerca del gran guía. Al parecer, su hermano había demostrado afinidad por el mundo de los espíritus, con frecuentes visiones del pasado, que lanzaban crípticas advertencias al futuro. Se le erizaron los pelos de solo recordarlo: no eran temas con los que él, un hombre de armas, se sintiera cómodo.
Levantó la vista para calcular la hora del día y cuánta luz tendrían aún: la mañana brillaba en todo su esplendor entre los rojizos tonos otoñales. Los bosques eran hermosos en esa época. Al ver las hojas que caían, siguiendo su curso hasta el suelo, Edward recordó a los compañeros muertos, por los que había llegado a Odesia. A petición suya, el druida ofició un rito en el cementerio en sufragio por ellos, ayer por la tarde. Fue entonces que conversaron, con mayor confianza. Odlán tenía prisa por partir, para dirigirse primero a Calidia, a entrevistarse con el archidruida de esa ciudad, y luego volver junto a Casiano en Urbia. Lo que no había dicho a los aldeanos, se lo había compartido a él, por la confianza que le inspiraba desde el incidente con el grifo, redoblada ahora por su parentesco con Olivier: Odlán estaba preocupado.
Las visiones de su hermano apuntaban a momentos oscuros. El mundo sobrenatural estaba agitado: bien se podía decir que antiguos enemigos parecían despertar, mientras que los aliados lanzaban advertencias. La mayor parte de los druidas permanecían como ciegos y sordos a ello. Pero él no. Tampoco Augérias: y en su viaje por las tierras bárbaras pudo ver que el fenómeno era universal. Notó algunas influencias siniestras entre ciertos druidas varnos, que le inquietaron. Sobre todo, en algunos clanes del norte de los Campos Brunos, cerca de la gran muralla. Y luego, al entrar en los bosques del Dáladad, le parecía estar acechado por presencias malignas. Iba él tranquilo, pues desde el momento en que era consciente de ellas, nada podían contra él, ni bestia ni espíritu podían doblegar a un druida imbuido del poder del Creador, en tanto se mantuviere atento y fiel. Pero a Odlán, en cambio, le preocupaba lo que pudiera ocurrir entre quienes no estuviesen advertidos. Por eso iba ahora a entrevistarse con el archidruida de la región.
Una flecha silbó interrumpiendo sus pensamientos, pasando cerca de su cabeza y yendo a clavarse en un tronco junto a él. Con reflejos de hombre experto, desenvainó su espada al tiempo que daba la alarma: una segunda saeta dio en su yelmo y se desvió hacia lo alto. Los caballos relincharon y relució el acero, mientras tomaban posición de batalla: sin embargo, el enemigo no mostraba la cara y en cambio los proyectiles dieron con dos de las cabalgaduras muertas a tierra. 
Mas sir Edward no se amedrentaba con facilidad. Si esos cobardes no se dejaban ver, él mismo los sacaría de sus escondites: el vuelo de las flechas ya había delatado su posición. Cubriéndose con su escudo, un único gesto le bastó para lanzar a parte de sus hombres hacia la espesura que se abría a la izquierda, mientras él daba la voz de carga hacia la derecha.
Los caballos se lanzaron al galope entre los árboles, arrollando a su paso a los arqueros ocultos entre los arbustos. Por el rabillo del ojo, uno de los soldados percibió algo que se movía al interior.
—¡Corren bosque adentro, mi señor!
—Pues ¡a la carga! —bramó sir Edward— no se nos escaparán. Aegginardo: suena el cuerno para que todos nos sigan, nos vamos de cacería ¡por los compañeros caídos! ¡Por Odesia y por Urbia!
El clamor del cuerno resonó entre las bóvedas de hojas, y fue contestado por el rugido de los hombres del caballero, lanzándose al galope. Al otro lado del camino, los que se había separado para enfrentar a los emboscados de esa parte volvieron grupas y picaron espuelas tras sus compañeros.
Sir Edward espoleó a Diamante, y el bosque en torno a él se convirtió en una vorágine de tonos rojizos. No tardó en dar alcance a uno de sus atacantes, y su espada relampagueó en aquel mar otoñal para teñirse también ella del color de las hojas. Inmediatamente, saltaron sobre él varios hombres, armados de largas picas. Con un bufido, se lanzó sobre ellos y desbarató su formación. Estaba furioso: el ataque sufrido había sido traicionero, y sus oponentes demostraban ahora toda su cobardía, huyendo de esa manera.
—¡Hombres, a mí! —rugió— ¡no permitáis que se nos escapen!
Aquí y allá se oían los ruidos del combate, de los cascos de los caballos, de los gritos de los hombres. Aegginardo apareció entre el follaje, la lanza ensangrentada, y el cuerno aún en la mano. Edward vio que otras figuras se movían con rapidez, alejándose.
—¿Qué hacemos señor?
—Vuelve a tocar ese cuerno, si tomamos prisioneros podremos descubrir el escondite que hemos estado buscando.
El chico asintió y se llevó el instrumento a los labios. Pero una saeta silbó en el aire e interrumpió la nota que comenzaba a sonar, clavándose mortífera en la garganta de Aegginardo.
—¡No! —Ululó Edward, transportado de furia— ¡No! ¡Perros! ¡Cerdos! —y rugió con bramido más poderoso que el que hubiese podido vocear el mismo cuerno:— ¡Carguen! ¡A mí, mis hombres!
Respondieron sus fieles camaradas como nunca antes. Hincando las espuelas, y mordiendo con el hierro de sus armas, se lanzaron todos hacia adelante. El bosque se llenó de ira y las aves abandonaron los árboles, asustadas. Edward, como león herido, iba de aquí para allá, sensible al menor ruido, a la mínima muestra de la presencia enemiga. Los cascos de Diamantes arrollaban bandoleros. El verde escudo se llenó de proyectiles. La espada, bermeja, se hundió una y cien veces en la carne. Ya no veía claro. Los primeros golpes los sintió, duros, luego ya no. En torno a él era lo mismo el ocre fuego de las hojas y la sangre derramada. En su persecución, dejó de oír la cercanía de sus hombres. Y supo que había cometido un error.
Esta sola conciencia, lo despertó de su frenesí. Tiró de las riendas de Diamante, para darse cuenta de que estaba solo. Muy lejanas se le hacían las voces de los suyos, que no le oirían. Supo que era eso lo que los bandidos esperaban, cuando los vio, por fin, aparecer entre los árboles, dando la cara con aire de suficiencia, confiando en su superioridad numérica.
Se había portado como un imbécil. Miró a los que se le acercaban, rodeándole y amenazándole. Pese a todo, eran hombres de a pie. Diamante estaba sudoroso y resoplaba excitado, pero podía aún seguir combatiendo. Él mismo inspiró hondo, para aclararse las ideas. Sí, había sido un estúpido. Pero aún más idiota sería si caía también en esta trampa. Quien sea que había orquestado este ataque, sabía que no podía vencerle solo con aquellos hombres de a pie, pobremente armados, aun cuando lo hubiesen aislado de los suyos. Si los combatía, podrían retenerle un tiempo con sus picas, quizá matar su cabalgadura, pero al final vencería. Él había escapado de peores celadas que esa: los varnos sabían de emboscadas y eran terribles guerreros. 
Una lanza voló hacia él, y fue desviada por el escudo del caballero, que le devolvió al ofensor una mirada agresiva. Aquello era la prueba. Le estaban provocando, pero no querían combatirle en serio, sino mantenerle allí. Eso significaba que el objetivo principal era otro.
Como un rayo, sir Edward dio la vuelta a Diamante y cargó para abrirse camino entre los bandidos que le cerraban la retaguardia. No pudieron contenerle, y pasó a través de ellos. Maldiciéndose, el jinete se alejó a toda velocidad, dando voces a sus hombres, esperando ser oído:
—¡Pronto! ¡Retirada! ¡Volved al camino! ¡Ya! ¡Ya!
Cuando estuvieron de vuelta sobre la modesta senda del bosque no hubo tiempo para contar a los caídos: lo harían después. La orden fue dirigirse a todo galope hacia la faena en la que se suponía debían haber estado. Empujando hasta el cansancio a sus cabalgaduras, llegaron casi con el último aliento. Estaba arrasada.





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