Cuando la novela predijo mi vida: cómo me hice medievalista
Quizás haya autores que llegan a la fantasía desde la academia. Ese parece haber sido el camino de Tolkien, por ejemplo. Desde niño aficionado a las lenguas antiguas, filólogo luego, enamorado del Beowulf —cantar medieval en old English— y profesor de Oxford, su literatura nace de su amplia erudición. Otros, muchos, parten desde las huellas de este gigante. Quizá lo han estudiado en la Universidad, han leído sobre los Inklings y la fantasía contemporánea y se han lanzado a emular su afición creativa. O quizás simplemente se enamoraron de las historias que ellos contaban: Narnia, El Señor de los Anillos, El Silmarillion. Escriben, entonces, desde la imitación y desde el imaginario contemporáneo sobre la Edad Media, que oscila entre los tonos negros del oscurantismo y los dorados del romanticismo.
Mi camino fue distinto. A los catorce años comencé un proyecto de fantasía medieval, sin saber gran cosa de la Edad Media real, y sin intuir todavía que en el futuro llegaría a ser, profesionalmente, medievalista. La verdad, es que esto del estudio de la Edad Media "científicamente" es algo que podemos llamar reciente en mi vida: al elegir carrera me decanté por Derecho —sí, soy abogado— y si bien pronto pensé que lo mío sería dedicarme a la universidad, mi inclinación iba más bien por las Humanidades en general. Sin embargo, de algún modo la Edad Media siempre estuvo ahí, desde mi infancia, creando todo un imaginario desde el que veo el mundo... dando vida a historias y cuentos y que dio sus primeros brotes en esta saga, Crónicas de una espada, que de algún modo "predecía" ya el camino que tomaría en mi vida.
Es una historia que recién ahora, mirando hacia atrás, puedo contar con cierta claridad.
La fantasía como puerta
Cuando comencé a escribir lo que sería Crónicas de una espada, mi conocimiento de la Edad Media era el del imaginario colectivo: lo que me había contado mi padre sobre los caballeros de la mesa redonda, lo que había visto en alguna película, las ideas vagas y poderosas que cualquier adolescente lector tiene en la cabeza. Aunque, por otro lado, tengo que reconocer que tenía algo más: si a la mayor parte de los niños de mi generación, en Chile, la idea de Edad Media evoca quizás algún animé con espadas sobredimensionadas o alguna película de Disney, por mi parte yo había tenido experiencia directa del Dante y su Comedia, había vivido en Roma y caminado las almenas de castillos de verdad, y había hecho mis delicias con una colección de soldados de plomo que, cada uno con su propio fascículo informativo, representaban con detalle el armamento de soldados y caballeros desde la Antigüedad hasta el Renacimiento y un poco más allá.
Sin embargo, todo esto no dejaba de ser un simple imaginario, quizás un poco más amplio, pero imaginario al fin. Yo no había leído a los grandes historiadores. No había leído las chansons de geste en su versión original. No tenía ni idea de lo que era la filología románica.
Y sin embargo, me lancé a escribir mi propia épica, mi propia historia de caballeros, mi propio “mundo de la imaginación”, siguiendo la línea de un autor como Michael Ende.
Esa primera escritura no fue un ejercicio en el vacío. Fue, casi sin saberlo, una puerta. Escribir sobre una época me llevó a querer conocerla. Inventar un mundo con resonancias medievales me obligó a preguntarme cómo era el mundo medieval real. Y poco a poco, libro a libro, ese impulso se fue transformando en lectura sistemática, luego en estudio, finalmente en una vocación académica.
Tolkien y Lewis, los modelos
No es casual que los dos autores que me marcaron al inicio fueran Tolkien y C.S. Lewis. Los dos eran medievalistas. Los dos eran filólogos profesionales. Y lo que hicieron en sus obras de fantasía no fue inventar de la nada: fue actualizar mitos, formas y arquetipos que conocían a fondo desde el trabajo académico.
Esa doble condición —escritor de ficción y especialista académico en el material del que la ficción se nutre— me parece ahora una diferencia fundamental con los autores que han venido después. Por supuesto, yo no lo veía así al comienzo. Como tantos, mi escritura comenzó como una imitación de Tolkien. Mi interés por la Historia no fue tan grande de hacerme entrar en esa carrera. Vivo en América del Sur, y me parecía que estudiar el medioevo no podía hacerse seriamente desde acá (estaba equivocado, por supuesto). En cambio, estudié Derecho, convencido de que me permitiría entrar cómodamente en las Humanidades. Mientras tanto, seguía escribiendo mi novela. Hasta que llegó el momento de la “epifanía”. Llevaba cientos de páginas de mi historia, y no estaba convencido. Siguiendo el espíritu de Tolkien, había llenado el manuscrito de elfos y enanos. Pero yo me alejaba cada vez más de lo feérico.
A esa altura, yo había aprendido ya sobre el interés de Tolkien por crear una mitología para Inglaterra basada en parte en las sagas nórdicas, que nos hablan, en efecto, de elfos, ogros, gigantes, enanos y dragones. Y sabía también que este intento del padre de la fantasía moderna nacía como reacción ante lo que él sentía como un vacío: Inglaterra no tenía un mito propio (el rey Arturo y todos sus caballeros fueron creados y transmitidos en francés). Yo admiraba a Tolkien, pero también era consciente de la necesidad de desmarcarme, aunque fuese solo un poco. No podía seguir creando como si fuese solo una nota al margen del Silmarillion. Además, no soy inglés: yo creía conocer las tradiciones que Tolkien había mirado con deseo de emulación y que hoy parecen sepultadas y olvidadas por la fantasía moderna. ¿Y si basaba mi novela en las fuentes continentales? ¿Podía hacerse fantasía a partir del Roldán o del Cid? Recuerdo perfectamente el momento en que tomé la decisión: cuarto año de Derecho, después de un examen de Derecho Procesal. Salí a trotar para bajar la tensión, mientras escuchaba una sinfonía de Bruckner. Al volver, me ataqué a los cientos de páginas escritas en los últimos nueve años: no quedó ningún elfo, ningún enano.
No quería ser solo un autor que imitara a Tolkien. Quería entender por qué Tolkien podía escribir como escribía. Y para entenderlo, había que ir a las fuentes que él había estudiado.
El recorrido
El recorrido tomó años. Terminado Derecho y mientras ejercía como abogado, hice un magíster en Literatura con una tesis sobre El Cantar de Mio Cid y el Poema de Fernán González. Después decidí ir a la fuente románica continental: hice un doctorado en literatura medieval francesa en cotutela entre la Universidad de Poitiers (Francia) y la Universidad de Lausana (Suiza), con tesis sobre el Cantar de Guillermo —una obra menos célebre que el Roldán, pero a mi juicio igual de profunda y conmovedora.
Hoy soy doctor en civilización medieval y literatura medieval francesa. He vuelto a Chile a enseñar en la Universidad de los Andes, dictando cursos sobre la Edad Media, sobre Dante, sobre las grandes obras del periodo. Mi especialidad académica es la Edad Media Central, los siglos XI al XIII: el periodo de Leonor de Aquitania, Ricardo Corazón de León, Felipe Augusto, los Plantagenet; el momento que algunos historiadores llaman “el Renacimiento del siglo XII” porque es entonces cuando se funda la universidad medieval, se construyen las primeras catedrales góticas, se conservan los manuscritos más antiguos de los grandes cantares de gesta.
Y aquí ocurre algo curioso, casi vertiginoso. Ahora me dedico profesionalmente a investigar los imaginarios medievales, las ideas que la gente se hacía leyendo los libros de su propia época. Pero yo, mucho antes de saber qué era el medievalismo académico, ya había estado escribiendo mi propio medievalismo. Crónicas de una espada estaba terminada antes de empezar mi magíster, pero el estudio de las fuentes me hizo maravillarme de cuántas cosas había adelantado por intuición: quizás la novela no tiene el conocimiento de un medievalista que la respalde, pero está escrita con un cierto espíritu de trovador, que no sabía que tenía. La historia de las “ideas recibidas” sobre la Edad Media, yo la había vivido por dentro como adolescente.
Lo que se aprende de esto
Si me detengo en esto no es por narcisismo biográfico, sino porque creo que enseña algo importante sobre cómo funcionan las vocaciones. A veces uno hace algo antes de entender por qué lo hace. El adolescente que se sentaba a escribir sobre Damián y Julián no sabía que estaba ensayando, en miniatura, lo que sería su vida adulta. El libro fue, sin que yo lo supiera, una profecía sobre mi propio destino.
Esto me da hoy una doble faceta que disfruto: la del académico que estudia las fuentes con seriedad y la del creador que toma esas fuentes y las recompone para el lector del siglo XXI. Las dos se alimentan. La investigación me da material para futuras novelas; la escritura creativa me hace ver las fuentes medievales con ojos vivos, no muertos.
Si hay un consejo que daría a un joven que escribe: no esperes a estar preparado para empezar. Empieza. La preparación llegará en el camino, y muchas veces será el camino mismo el que te muestre adónde tenías que ir.
Esta historia de cómo la fantasía me llevó a la academia la conté en el directo de relanzamiento del Lobo de Plata con Luis San Martín, editor de Vuelo Ártico. Puedes ver el directo completo aquí. El Tomo Único de Crónicas de una espada —la obra que empezó todo este camino— está disponible en Amazon.

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